lunes, 27 de julio de 2015

¿Y si la vida es una partida de poker?


"El juego del póquer no consiste en ganar dinero, sino en tomar buenas decisiones. Si tomas la decisión correcta, ganarás dinero". Annie Duke


 

¿Es la vida un juego de azar? 

Me he hecho esa pregunta en unas cuantas ocasiones. Para ser sinceros creo que en muchos aspectos se pueden comparar. La vida cabe en un sin fin de metáforas, en miles de ejemplos, millares de análisis, y probablemente en infinitas anécdotas. Eso por poner una “medida” ─otra obsesión que nunca entenderé, el calcular o cuantificarlo todo─.  Sin embargo, resultaría gracioso poder decir: me han roto el corazón dos veces y creo que sufrí un 7 de 10 ─chiste personal, creo que fue un 6─. Nadie cuantifica el dolor, la pérdida o el sinsabor que se queda después de padecer alguna de estas situaciones. Lo mismo ocurre con la cara opuesta de la moneda por ejemplo: soy feliz un 9 de 10, me encuentro en entre el 6 y el 5 del equilibrio emocional ─¿Sobre cuánto?─. Supongo que eso será un tema a tratar en otra ocasión.

Siguiendo el punto de partida. ¿Qué sucede cuando tus cartas son “malas”? ¿Cuándo los jugadores son agresivos? ¿Cuándo las apuestas se disparan y te sientes frustrado, inútil y puede que hasta fracasado? Ese tipo de situaciones las vivimos a diario sin percatarnos. No obstante, más de una vez he jugado con cartas más malas que el hambre, con jugadores que eran verdaderos tiburones y, lo peor de todo, con una presión que me aplastaba de tal forma que no me dejaba ni respirar. Mentiría si dijera que no sobreviví. Claro que sí, pero era prácticamente imposible ganar. Es más sentí lo que “Neo” debió sentir al intentar saltar de un edificio a otro─ lo sé, a veces hasta yo alucino con mis comparaciones─. En fin, volviendo al tema sólo decir que no eres más valiente por enfrentarte o más prudente por no jugar la partida.

El riesgo varía en función de nuestras expectativas y miedos. Es evidente que las premisas de volar aunque tengas las alas rotas, de nadar en contra de la corriente, de aprender a base de palos, etc. desmoralizan hasta al más animoso, pero si quieres hacerlo simplemente hazlo. No hay nada peor que peguntarse qué hubiese pasado si… Aprendí esa lección muy pronto. No voy a vivir la vida en función a las imposiciones de los demás. No es nada fácil. De hecho, ser como soy me ha supuesto múltiples dolores de cabeza, enemistades, discusiones y sabe Dios, Buda, Alá o Ganesha cuantos dramas más.

Suena desalentador pero puedo decir que han sido mis decisiones. Cada error, cada acierto, cada lección han sido y sigue siendo parte del aprendizaje. No siempre se gana, pero tampoco siempre se pierde.  Alguien me dijo una vez que no bregue en las batallas que no puedo ganar. Pensé que tenía razón, pero si lo pensamos bien la vida es una lucha constante. Es verdad que hay circunstancias que no dependen de nosotros. Es lo que podríamos llamar azar, destino, suerte o adversidad. La cuestión es cómo nos adaptamos a ellas. ¿De qué sirve aferrarse a una causa perdida? Una cosa es arriesgar y ser consciente de las posibles consecuencias, y otra cosa es ser temerario o, según sea el caso, estúpido. No me juzguéis, pero si yo no sé nadar no voy a ir  hasta el fondo del mar ─no es el caso─. Lo siento, pero eso ya no es una cuestión de azar, destino o suerte, eso es estupidez en toda regla y para eso lamentablemente no hay cura. Los tratamientos de choques suelen ir aparejados de constantes malas experiencias y fracasos a los que catalogaremos como: mala suerte, el mundo me odia, mal karma, todo me sale mal, o como dicen en Latinoamérica: “Estoy salado”. No importa cuántas veces reces, cuántas  limpias, amuletos y demás recursos utilices, si eres incapaz de prever o darte cuenta que lo que haces ─o harás─ tendrás unas consecuencias nefastas y probablemente nunca ganes. No es una cuestión de suerte. Es más bien de aceptación de nuestros límites. Sé que tengo una voz grave ─como un camionero, sin ofender a nadie─ y nunca podré cantar como un ángel, de modo que no “soñaré” con ser cantante, lo mismo me ocurre con la pintura, y puede que hasta con la escritura. Sin embargo, eso no quiere decir que no por ello no crea en mí y en mis otras “virtudes”. Yo soy de esas personas que apuesta por sí misma. Sé que pese a compartir mi vida con personas maravillosas ─y se les agradece─, con quién tendré que convivir “eternamente” será conmigo misma. Es por ello que no sólo guerreo por mí, sino que trabajo en está relación a diario, valorando los riesgos, aprovechando las oportunidades, creciendo, gozando y experimentando con cada partida.

No desfalleceré por más veces que pierda, no me abandonaré, ni dejaré de creer en mí por más oscuro que sea el camino. Seguiré insistiendo, viviendo, disfrutando del palpitar acelerado de mi corazón cuando tengo un par de ases, cuando me marco un farol, cuando voy con todo y no espero nada. Puede resultar narcisista, y según se mire egoísta ­─no me aparto de ello─, pero es así.  ¿De qué sirve tener buenas cartas si no sabes gestionar la partida? Una buena pareja o una buena mano no te garantizan una victoria, pero sí una gran experiencia.

Life is maybe Mr. S

Verónica García A.

martes, 16 de junio de 2015

Felicidad, deseo, pasión o choco cake


"No existe la felicidad que venga desde fuera; tienes que encontrarla en ti mismo". Ludwig van Beethoven




No entiendo como Bukowski podía escribir con resaca, o peor aun estando ebrio. Sé que no hay nada mejor que relajarse y disfrutar de la vida. La cuestión es ¿cómo hacerlo?
Mientras besaba el vino e inmortalizaba ese momento –no sólo con un selfie, no me critiquen que ustedes también lo hacen–, decidí pensar en qué era o mejor dicho es la felicidad para mí.

No tenía papel ni lápiz, de modo que decidí repetirme la pregunta una y otra vez hasta llegar a una conclusión semi aceptable. En un principio pensé que ser feliz podía –o puede-  ser un estado o mejor dicho un modus vivendi. Creo que por iniciativa propia uno elige como vivir e intenta por cualquier medio ser feliz. Claro que ese sueño empieza a desmoronarse cuando las “ilusiones”, metas, objetivos, etc. se ven frustrados.

¿Entonces en qué consiste ser feliz? Dada mi muy poca experiencia puedo decir que ser feliz es tener una relación contigo mismo/a plena, además de complementarla con el apoyo de la familia, el calor de los amigos y la adquisición de nuevos conocimientos. Descubrirnos poco a poco, ser capaces de diferenciar aquello que nos gusta de lo que no, lo que queremos y lo que no, ser sinceros con nosotros mismos para poder enfrentarnos a nuestros miedos, límites y barreras que bloquean el acceso a nuestra mejor versión. Puede que no sea la definición de la “idea” de felicidad, pero para mí es la forma de encarar y enfrentarme a la vida. Sin miedo.

 En el momento en que fui capaz de entender que la felicidad, así como el éxito personal no se mide por tu cuenta bancaria ni por los títulos profesionales adquiridos ni tampoco por las parejas que pasan por nuestra vida, asimilé que mi existencia aparte de ser tiempo y experiencia era –es– la adquisición de nuevas emociones, sensaciones y estados anímicos que se asientan en mi interior moldeando así lo que hoy en día soy y dando paso probablemente a lo que en un futuro seré.

 Antes de que me juzguen quiero que tengan en cuenta de que sí el tamaño importa–una verdad a medias–, la edad también lo es. Me explicaré. Soy muy crítica conmigo misma y a su vez con los demás, lo sé la mayoría de nosotros/as lo somos sólo que no nos atrevemos a gritarlo a los cuatro vientos. La edad cronológica es un número que determina cuando tienes la edad suficiente para tener relaciones –de forma legal–, cuando puedes casarte, beber alcohol, adoptar, etc. Ese valor suele determinar el grado de madurez al que socialmente estamos condenados. Muchas veces me he visto en situaciones en las que personas que me sacaban una década o incluso me llegaban a doblar la edad no tenían ni idea de lo que querían, no sabían qué hacer con su vida y lo peor de todo es que intentaban darme algún tipo de consejo contradictorio. Es en esos momentos cuando me doy cuenta de lo importante que es conocerse a uno mismo, seguir su propio camino, por más difícil que sea el sendero no hay que perder el rumbo, no sí lo que realmente queremos es vivir.
               
             "Conocerse a uno mismo es la tarea más difícil porque pone en juego directamente nuestra racionalidad, pero también nuestros miedos y pasiones. Si uno consigue conocerse a fondo a sí mismo, sabrá comprender a los demás y la realidad que lo rodea". Alejandro Magno

Recuerdo haber hablado con alguien que me mencionó lo importante que era conseguir éxito en su vida; supongo que de esa forma se sentiría orgulloso de sí mismo, al fin y al cabo no es otra cosa más que ego y puede que algo de legado. El éxito no es más que ese valor que nosotros queremos darle. Una opinión externa que “nos define (limita) socialmente”. Es absurdo pensar que esa ilustración no es nada más que otra evaluación general seguida de un par de adjetivos peyorativos escupido por un “pseudo triunfador/ra”. Puede que en muchos casos seamos considerados socialmente como fracasados o mediocres y sin embargo nosotros sabemos que, pese a todo, formamos parte de ese colectivo diminuto de seres felices en este mundo. Todo es una cuestión de cómo nos lo tomemos, obvio que no hay que caer en extremismos.

Si bien Bukowski dijo que “las personas no querían amor sino éxito, y el amor podía ser sólo una forma de ese éxito”, he de decir que pese a que admiro a Bukowski, no podría estar de acuerdo. La gente necesita amor en su vida. Amor hacia uno mismo, hacia sus seres queridos, hacia la vida en sí. Claro está que hay muchas formas de profesarlo. Eso me hace pensar en la relación entre el deseo, la pasión y la felicidad. Podemos experimentar esas tres emociones o sentimientos en una fracción de segundo y no poder identificarlas o peor aún diferenciarlas. A menudo confundimos el deseo con amor, la pasión con felicidad y la felicidad con la ausencia de miedo. Eso es lo que me hace pensar en lo poco que sabemos y en lo mucho que hay que indagar en nuestro interior para así poder encontrar la estabilidad que necesitamos.

Para no concluir de forma fatalista he decir que una servidora suele equivocarse, –me gustaría decir que cada vez menos, pero eso sería mentir–, intento encontrar mi camino sin servir a la esclavitud social a la que estamos condenados. Si bien es cierto que cualquier medio sirve para obtener un fin, a veces no hay que fijarse en el medio, sino en el camino. Éste puede estar lleno de baches y polvorientos senderos, no obstante eso no quiere decir que no esté allí, es por ello que pienso que cada día cuenta, cada instante, minuto o segundo puede alterar el curso de la travesía. Por más absurdo que nos parezca que un beso o una sonrisa no tienen el equivalente emocional a 1.000.000€, sin embargo si los damos sin necesidad de recibir nada a cambio, si ayudamos sin esperar reciprocidad, si apoyamos a todos aquellos seres que nos rodean, tanto en los buenos como en los malos momentos, nos sentiremos más ricos que Amancio Ortega –vale, es exagerar demasiado, pero qué más da–. Así que… a vivir, a sentir, a reír, a experimentar, a llorar, porque  a veces, sólo a veces, hasta las lágrimas pueden llegar a ser de verdadera felicidad.

             "Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad". Erich Fromm


Verónica García Arreaga

martes, 26 de mayo de 2015

Un clic, una oportunidad



Las relaciones 2.0 y el nuevo iHomo

A veces intento evocar como era mi vida sin la constante intervención de la tecnología. Honestamente casi no la recuerdo. Es difícil no aceptar que la mayoría de las personas hoy en día nos conectamos para desconectar –menuda paradoja-.

No podemos considerar que la tecnología sea sólo una herramienta de trabajo, ya que gran parte de nuestro ocio está a dos clics de esfuerzo. Esa es la palabra clave -esfuerzo-. Se supone que nos hace la vida más fácil. Si, fácil sí, pero estamos en decadencia. No podemos hacer prácticamente nada por nosotros mismos -hasta la inspiración viene dotada de ella, valga la redundancia-. Casi todo aquello que nos hace únicos y especiales viene asignado por un sistema operativo diferente. ¿Dónde quedó la originalidad, la espontaneidad, el hablar cara a cara? Todo eso es un par de décadas será un recuerdo y poco a poco pasará al olvido.

Hoy en día contestas un puñado de preguntas y según las probabilidades y estadísticas la propia aplicación te busca las parejas con las que posiblemente seas compatible. O sea, nos olvidamos de perder el miedo y dar el primer paso en cualquier situación, lo flechazos a primera vista, los amores imposibles -platónicos-, las  ilusiones pasajeras, el quiero pero no puedo, etc. Nada de eso cabe en el día de hoy. No en la época 2.0. El actual modus operandi se reduce a estos pasos:

a)       Escaparate para mostrarte al mundo “tal y como eres”. En otras palabras la mejor foto con filtros que te has –o han- podido- hacer. Una mezcla de sexy e interesante, ya sabemos que una imagen vale más que mil palabras.
b)      Jugar a “hate or like” –me gusta o no-. Escoger al hombre que aparentemente “parezca” sensato, seguro de sí mismo, y sobre todo que no esté para perder el tiempo. Otra vez la imagen cuenta más que cualquier otra cosa. Siendo honestos nadie se fija en el perfil teniendo a una tía buena o a un pedazo de tío –no es sarcasmo es más bien sinceridad radical-.
c)      Finalmente consigues un “match” y empieza la partida. Preguntas tipo entrevista de rigor, y a partir de allí “que fluya el amor”. O lo que creemos que puede ser el actual “intentar conocer” a alguien.
d)     Lo peor de todos es que al estar en ese juego no puedes creerte único/a o especial. No, lo siento pero no puedes. Así como coincidió contigo, lo puede haber hecho con muchos/as más o viceversa.  

Este es un ejemplo muy básico del preludio de las relaciones habituales en el día de hoy. Es bastante triste si se tienen en cuenta los precedentes de lo que se consideraba amor. ¿Qué fue de la idea del “tú y yo” contra el mundo o para siempre? Se quedó obsoleta como los primeros smartphones, sustituidos de forma periódica por un ejemplar mejor en todos los aspectos.

Todo es reemplazable a día de hoy. Si todos somos víctimas de este proyecto social al que llamamos humanidad, no quiero pensar en el futuro del planeta en sí –dejo de lado la idea de la supervivencia de la raza humana, ya que reproducirnos es más fácil que llegar a saber lo que queremos o necesitamos en determinados momentos. ¿Nos extinguiremos o evolucionaremos a un nuevo homo? De ser así podríamos denominarnos: EX HOMO SAPIENS, NEW HOMO ANDROID  o simplemente iHomo─ salvando las críticas de los otros sistemas operativos─.

Dejando de lado el fatalismo e intentando ver el lado positivo de la “nueva era”. El abanico de opciones, tanto laborales, profesionales, como sentimentales es cada vez más amplio, pero no dejo de pensar que se reduce básicamente a un aspecto: dar el perfil. Es verdad que tenemos acceso a todo lo citado, pero, ¿qué pasa con la superficialidad que se está creando? Después de todo no deja de ser más que un escaparate. ¿Tenemos que ponernos en oferta? ¿Hacer rebajas como en los grandes almacenes? Desde mi punto de  vista, no femenino más bien humano, es algo que me preocupa; creo que podría decir que me altera y me perturba en la intimidad. Sí lo analizamos, debo mostrarme segura, atractiva, inteligente, misteriosa, emocionalmente equilibrada, independiente tanto económicamente como sentimentalmente, madura, divertida, atenta, detallista, pasional, cariñosa, tener mis propias aficiones, entre otras cualidades, etc. Además de dedicarle tiempo al aspirante a ser el “hombre de mi vida”. Discúlpenme pero, esas son demasiadas actitudes y virtudes para un iHomo. Por qué yo debo de cumplir con los requisitos anteriores, si las nuevas versiones de “hombres” no las cumplen, es más ni se plantean tenerlas. Lo consideran algo obsoleto. Estos nuevos amantes del seudopoliamor quieren versiones actuales, libres igual que ellos, pero con el toque tradicional. Supongo que esta es la diferencia que se podría explicar entre: “estar buena y ser guapa”.

Sí “estas buena” no puedes ser guapa. Básicamente porque si “estas buena” ya estás encasillada en un prototipo. Eres un objeto o mero símbolo sexual. No hay más. Rara vez la “buenorra” de la discoteca o pub la quieren como “novia”. No. Ese prototipo se queda en: me la ligo y punto. No te planteas una etapa de tu vida a su lado. No es porque la chica no lo valga, sencillamente  porque el “new homo android” ya lo decidió. Es como si tuviese ese protocolo en su base de datos. Supongo que para las mujeres es igual. De una forma casi extra sensorial tus sentidos arácnidos se activan y llegas a la conclusión de si ese macho “alfa” es solo una mera copulación nocturna o vale para el tan conocido “algo más”.

Ahora, si eres “guapa”. La cosa cambia. ¿Qué por qué cambia? Porque en primer lugar te conoció seguramente en otro ambiente ─no tuvo acceso a ti media ebria dando saltos como si estuvieses en una ceremonia africana─, en segundo lugar eres diferente, no sólo le resultas atractiva, sino que desprendes ese je ne sais quoi que lo enloquece, de modo que hace lo imposible por conquistarte e intenta llamar tu atención constantemente. Lo curioso es que todas las actitudes que lo llevan a conquistarte son las que lo acaban alejando. Es muy paradójico. Al principio la independencia, las aficiones, el equilibrio emocional, el misterio, etc. lo atraen como la miel a las moscas, pero…-esa gran conjunción-.

Una vez se ha llevado a cabo la conquista, todo lo que le llamó la atención son excusas para quejarse constantemente porque no tiene el valor suficiente para aceptar sus propias carencias y con ello asumir las responsabilidades derivadas de sus actos. Lo mismo sucede en el caso de las féminas. Entonces puedo hablar de compensación exteriorizada. Buscamos en otras personas aquello que nos falta por descubrir en nosotros mismos. No todos nos consideramos capaces de aceptar dichas faltas espirituales o actitudes personales. Es obvio que a medida que pasan los años, las experiencias vividas, así como las personas que consideramos importantes que van pasando por nuestras vidas nos aportan otras perspectivas. Sin embargo el proceso de aprendizaje no se lleva a cabo hasta que se ha alcanzado una determinada edad y con ello la tan deseada estabilidad emocional. Eso no quiere decir que no haya seres excepcionales que sean precoces en estos aspectos.

Finalmente para concluir me gustaría hacer hincapié en que así como somos capaces de intentar darnos oportunidades constantemente haciendo “clic” en cualquier aplicación, hagamos clic en nuestra consciencia. Está bien servirnos de la tecnología siempre y cuando sea una herramienta, no un modus vivendi. No permitamos que nos aleje de las personas que nos rodean. No dependamos por completo de ella. Evolucionar no significa eliminar aquello que ya formaba parte de nosotros, sino más bien mejorar. Adaptarnos -concienzudamente- sería la mejor forma de combinar todo lo bueno de lo que disponemos hoy en día para crecer tanto personalmente como profesionalmente. De qué sirve tener acceso a topo tipo de información sino lo invertimos en nada productivo. No caigamos en mediocridades. Que los estereotipos o las modas impuestas socialmente no nos sometan hasta el punto de que acabemos perdiendo nuestra identidad. No es que no crea en la igualdad y en la libertad de pensamiento. Creo firmemente en la capacidad de mejora de cada persona de este mundo para poder hacer de él un lugar mejor. Sí, suena utópico pero que sería de la humanidad si se perdiera la esperanza. Creo que es en ella dónde radica la esencia humana. La esperanza de ser mejores, de ser felices, de amar y ser amados.

Verónica García A.


miércoles, 20 de mayo de 2015

“La diferencia entre lo que hice y lo que debería haber hecho, entre lo que quiero y lo que debería hacer”

La diferencia entre lo que hice y lo que debería haber hecho, entre lo que quiero y lo que debería hacer”


La culpa de no haber satisfecho tres de los aspectos que, en un principio, nos definen como personas ─ emocional, intelectual y espiritual ─ es lo que provoca que desarrollemos vulnerabilidades, quejas y demandas constantes; dando paso así a la manipulación o a ser manipulados.

El autorreproche es la manera más fácil que tenemos los seres humanos para autolimitarnos. El creer que no somos capaces de poder conseguir aquello que nos hemos propuesto, no es más que un eco de todas nuestras debilidades y culpas internas.

Quienes viven con culpa establecen dentro de sí pensamientos rígidos, normas inflexibles y principios imposibles de alcanzar cuyo objetivo final es boicotear el éxito, obligándose así a vivir en medio de un fracaso continuo”. Stamateas, Bernardo., Gente tóxica.

Al parecer, una vez que cedemos el control de nuestras vidas, tenemos dos opciones: ser victimas o ser culpables. A partir de ese momento jugaremos uno de los dos papeles, justificando por A o por B el por qué de nuestros constantes fracasos. Y, de no fracasar la sensación de no poder autorealizarnos nos invade creando así un vacío difícil de compensar.

“Nadie tiene derecho a castrar nuestros sueños más profundos ni a asegurar qué es lo que nos conviene o no”. ”. Stamateas, Bernardo., Gente tóxica.

Sin embargo, estamos condicionados desde que el homo sapiens es homo. Cada uno de nuestros actos, culpas, y comportamientos suelen ser heredados. Tengamos en cuenta las distintas formas en que los hombres y mujeres aceptan los sentimientos de culpabilidad y compensación. Es evidente que no se puede generalizar, pero es necesario tenerlo en cuenta. No todos estamos dispuestos a reconocer abiertamente el fracaso ni mucho menos la responsabilidad de nuestros actos. Siempre nos enfocaremos en buscar a algún culpable, y de no ser conseguir victimizar nuestra culpa, nos convertiremos en victimarios.

“Cuando se encuentran dos seres, el que es capaz de intimidar a su oponente queda reconocido como socialmente superior, de modo que la decisión social no siempre depende de un combate. En algunas circunstancias, el mero encuentro puede ser suficiente.” Katz, Steven L., El arte de domar leones.

Se podría decir que la autoconfianza es suficiente para poder llegar a “intimidar” o mejor dicho persuadir a otras personas. Basta con ser capaz de emitir la suficiente seguridad. Es muy fácil llegar a esa conclusión. La teoría puede ser algo fácil de entender pero complejo de ejecutar. Lo mejor de todo es “aconsejar” y no poder llegar a poner en práctica con uno mismo dichos consejos. Esa puede ser otra forma de manipularnos a nosotros mismos diciéndonos de una forma u otra como resolver un problema ajeno y no ser capaz de poder solventar nuestras propias carencias. Este tipo de pensamiento -erróneo- es el que en un momento dado nos llega a hacernos creer que somos superiores. Dominamos todas nuestras emociones. Las ocultamos bajo un manto de seguridad y arrogancia. Cuándo este manto se desvanece nos mostramos desnudos, llenos de agujeros que no hacen otra cosa que mostrar lo vacío que estamos. Insatisfechos, decepcionados y emocionalmente abatidos buscamos culpables. Porque la miseria del ser humano reside ahí, en la búsqueda constante de la felicidad y la alegría, y de no conseguirla, la culpabilidad.

“Dependen de cada uno de nosotros las emociones que sintamos, el valor que le demos a la palabra de los otros y las reacciones que tengamos. Cada uno de nosotros es responsable por la actitud que asumirá frente a las circunstancias y a los hechos” Stamateas, Bernardo., Gente tóxica.

Todos y cada uno de nosotros hemos llegado en un momento determinado a culpar de forma consciente o inconsciente a alguien por algún consejo o consuelo que necesitamos. Hemos de reconocer que cuando “hablamos” de nuestros problemas lo hacemos con la intención de encontrar una solución, propia o ajena, a ese problema o sufrimiento derivado. De no conseguir ese “objetivo” reaccionamos autocastigándonos o culpando al autor indirecto. Que sencillo resulta juzgar. De todos modos nuestras acciones son las que nos definen y forjan nuestro futuro.

«El hombre es víctima de una soberana demencia que le hace sufrir siempre, con la esperanza de no sufrir más. Y así la vida se le escapa, sin gozar de lo ya adquirido.»
Leonardo da Vinci

Dicho de otra forma, sino vives la vida, ella te vive a ti. El hecho de pasar años invirtiendo nuestro tiempo en como subsanar los errores del pasado, o peor aún en problemas que no nos corresponden, hacen que pasemos de ser los protagonistas de nuestra propia novela a simples actores secundarios. En los peores casos nos convertimos en espectadores y críticos de una vida que no somos capaces de vivir.
Debemos ser capaces de aprender a desprendernos de todo tipo de culpas, ya sean propias o ajenas. No podremos convertirnos en mejores personas si seguimos atadas a estas cadenas consentidas por nosotros mismos. Jamás podremos disfrutar de los éxitos conseguidos ya que no nos consideramos merecedores de ellos. Es por eso que hay que romper con esa mentalidad, solo así podremos sacar lo mejor de nosotros mismos, encontrar nuestra esencia, marcar nuestros objetivos, ser dueños de nosotros mismos para así llegar a ser nuestro mejor yo. Nadie dijo que el camino sería fácil, más no imposible.


Verónica García