"El juego del póquer no consiste en ganar dinero, sino en tomar buenas decisiones. Si tomas la decisión correcta, ganarás dinero". Annie Duke
¿Es la vida un juego de azar?
Me
he hecho esa pregunta en unas cuantas ocasiones. Para ser sinceros creo que en
muchos aspectos se pueden comparar. La vida cabe en un sin fin de metáforas, en
miles de ejemplos, millares de análisis, y probablemente en infinitas anécdotas.
Eso por poner una “medida” ─otra obsesión que nunca entenderé, el calcular o
cuantificarlo todo─. Sin embargo,
resultaría gracioso poder decir: me han roto el corazón dos veces y creo que
sufrí un 7 de 10 ─chiste personal, creo que fue un 6─. Nadie cuantifica el
dolor, la pérdida o el sinsabor que se queda después de padecer alguna de estas
situaciones. Lo mismo ocurre con la cara opuesta de la moneda por ejemplo: soy
feliz un 9 de 10, me encuentro en entre el 6 y el 5 del equilibrio emocional ─¿Sobre
cuánto?─. Supongo que eso será un tema a tratar en otra ocasión.
Siguiendo
el punto de partida. ¿Qué sucede cuando tus cartas son “malas”? ¿Cuándo los
jugadores son agresivos? ¿Cuándo las apuestas se disparan y te sientes
frustrado, inútil y puede que hasta fracasado? Ese tipo de situaciones las
vivimos a diario sin percatarnos. No obstante, más de una vez he jugado con
cartas más malas que el hambre, con jugadores que eran verdaderos tiburones y,
lo peor de todo, con una presión que me aplastaba de tal forma que no me dejaba
ni respirar. Mentiría si dijera que no sobreviví. Claro que sí, pero era
prácticamente imposible ganar. Es más sentí lo que “Neo” debió sentir al intentar
saltar de un edificio a otro─ lo sé, a veces hasta yo alucino con mis
comparaciones─. En fin, volviendo al tema sólo decir que no eres más valiente
por enfrentarte o más prudente por no jugar la partida.
El
riesgo varía en función de nuestras expectativas y miedos. Es evidente que las
premisas de volar aunque tengas las alas rotas, de nadar en contra de la
corriente, de aprender a base de palos, etc. desmoralizan hasta al más animoso,
pero si quieres hacerlo simplemente
hazlo. No hay nada peor que peguntarse qué hubiese pasado si… Aprendí esa
lección muy pronto. No voy a vivir la vida en función a las imposiciones de los
demás. No es nada fácil. De hecho, ser como soy me ha supuesto múltiples
dolores de cabeza, enemistades, discusiones y sabe Dios, Buda, Alá o Ganesha
cuantos dramas más.
Suena
desalentador pero puedo decir que han sido mis decisiones. Cada error, cada
acierto, cada lección han sido y sigue siendo parte del aprendizaje. No siempre
se gana, pero tampoco siempre se pierde.
Alguien me dijo una vez que no bregue en las batallas que no puedo ganar.
Pensé que tenía razón, pero si lo pensamos bien la vida es una lucha constante. Es verdad que hay circunstancias
que no dependen de nosotros. Es lo que podríamos llamar azar, destino, suerte o
adversidad. La cuestión es cómo nos adaptamos a ellas. ¿De qué sirve aferrarse
a una causa perdida? Una cosa es arriesgar y ser consciente de las posibles
consecuencias, y otra cosa es ser temerario o, según sea el caso, estúpido. No
me juzguéis, pero si yo no sé nadar no voy a ir hasta el fondo del mar ─no es el caso─. Lo
siento, pero eso ya no es una cuestión de azar, destino o suerte, eso es estupidez
en toda regla y para eso lamentablemente no hay cura. Los tratamientos de
choques suelen ir aparejados de constantes malas experiencias y fracasos a los
que catalogaremos como: mala suerte, el mundo me odia, mal karma, todo me sale
mal, o como dicen en Latinoamérica: “Estoy salado”. No importa cuántas veces
reces, cuántas limpias, amuletos y demás
recursos utilices, si eres incapaz de prever o darte cuenta que lo que haces ─o
harás─ tendrás unas consecuencias nefastas y probablemente nunca ganes. No es
una cuestión de suerte. Es más bien de aceptación de nuestros límites. Sé que
tengo una voz grave ─como un camionero, sin ofender a nadie─ y nunca podré
cantar como un ángel, de modo que no “soñaré” con ser cantante, lo mismo me
ocurre con la pintura, y puede que hasta con la escritura. Sin embargo, eso no
quiere decir que no por ello no crea en mí y en mis otras “virtudes”. Yo soy de esas personas que apuesta por sí
misma. Sé que pese a compartir mi vida con personas maravillosas ─y se les
agradece─, con quién tendré que convivir “eternamente”
será conmigo misma. Es por ello que no sólo guerreo por mí, sino que trabajo en
está relación a diario, valorando los riesgos, aprovechando las oportunidades,
creciendo, gozando y experimentando con cada partida.
No
desfalleceré por más veces que pierda, no me abandonaré, ni dejaré de creer en
mí por más oscuro que sea el camino. Seguiré insistiendo, viviendo, disfrutando
del palpitar acelerado de mi corazón cuando tengo un par de ases, cuando me
marco un farol, cuando voy con todo y no espero nada. Puede resultar narcisista,
y según se mire egoísta ─no me aparto de ello─, pero es así. ¿De qué sirve tener buenas cartas si no sabes
gestionar la partida? Una buena pareja o una buena mano no te garantizan una
victoria, pero sí una gran experiencia.
Life
is maybe Mr. S
Verónica
García A.
